Parasitología antártica: una visión de la historia antártica entre la biodiversidad y la soberanía
Parasitología antártica: una visión de la historia antártica entre la biodiversidad y la soberanía

Por Bruno Fusaro.
Introducción
La Antártida siempre ha despertado una mezcla de fascinación y respeto. Este territorio, en apariencia lejano y desolado, conserva información clave sobre la historia del planeta y los límites de la vida. Su posición geográfica y sus características climáticas la convierten en uno de los lugares más inhóspitos y rigurosos del planeta, siendo el último continente en ser conquistado por el ser humano.
Desde mediados del siglo XVIII hasta finales del siglo XIX, diferentes compañías pesqueras privadas provenientes del hemisferio norte recalaron en las costas antárticas para cazar lobos marinos, elefantes marinos y ballenas, motivadas solo por el afán de lucro. Sin embargo, algunos países y potencias comenzaron a ver a la Antártida como un escenario estratégico que debía ser dominado. A partir de ello, comenzó el período que se conoció más tarde como la Etapa Heroica de la historia antártica, que tuvo como hito la carrera al Polo que enfrentó a Noruega y el Reino Unido.
La historia de la ciencia antártica, en especial de la parasitología, se remonta a mediados del siglo XIX, cuando desde diferentes países se crearon las primeras asociaciones internacionales para realizar expediciones científicas, ya que para ese momento existía un consenso de que la Antártida era el último lugar del mundo que quedaba por explorar (MacKenzie, 2017). Surgió así la organización de la Primera Expedición Antártica Internacional. Estos viajes de exploración se centraron en el reconocimiento territorial y la generación de cartografía, e incluyeron la recolección de grandes cantidades de material biológico (incluidos sus parásitos) que eran llevadas a colecciones científicas estatales o privadas donde se estudiaban, describían y depositaban. De esta manera, comenzó la recolección y el estudio de los primeros pingüinos antárticos, de las distintas especies de petreles que allí se reproducen, así como también skuas, palomas antárticas y gaviotas, todas aves marinas típicas de este continente, junto con las distintas especies de focas, lobos y elefantes marinos.
La parasitología: una ventana al conocimiento de la biodiversidad
El parasitismo es una relación entre dos organismos: uno de ellos (el parásito) vive, se alimenta y reproduce a expensas del otro (el hospedador). De esta manera, los parásitos son una diversidad oculta al desarrollar su vida dentro de sus hospedadores. La parasitología antártica comenzó como una rama silenciosa, debido a que primero surgió el estudio de los hospedadores y posteriormente el de los parásitos que ellos tenían (MacKenzie, 2017), pero fue ganando relevancia al demostrar que, incluso en ambientes aparentemente libres de enfermedades, los parásitos son parte integral de la biodiversidad. En la Antártida, la parasitología se centra principalmente en el estudio de los helmintos, término que proviene del griego que significa gusano. Esta categoría incluye a cuatro grandes grupos de endoparásitos: cestodes, digeneos, acantocéfalos y nematodes. Todos estos parásitos poseen diferentes etapas larvarias y una etapa adulta que es la reproductiva. Durante sus etapas larvarias, estos parásitos se desarrollan generalmente en invertebrados, que actúan como hospedadores intermediarios. Posteriormente, son ingeridos por un vertebrado, que funciona como hospedador definitivo, donde alcanzan su etapa adulta y se reproducen.
De esta manera, el estudio de los parásitos permite vislumbrar procesos más amplios dentro de un ecosistema. La presencia de un parásito en un ave o mamífero evidencia que su larva estuvo en el alimento de estos hospedadores, lo que significa que la red trófica (por donde los parásitos se mueven) se está cumpliendo. La ausencia de un parásito conocido puede indicar que su hospedador intermediario, en el que se desarrolla la larva y que forma parte de la dieta de las aves y mamíferos —como el krill, un anfípodo o un calamar—, no está presente en la red trófica. En ese sentido, la parasitología ocupa un rol tan discreto como esencial: revelar la biodiversidad oculta, las interacciones biológicas y los equilibrios ecológicos que sostienen a la fauna silvestre en uno de los ambientes más extremos de la Tierra (Fusaro et al., 2024).
De este modo, estudiar parásitos en la Antártida implica mucho más que describir especies. Los parásitos actúan como indicadores biológicos, reflejando la estructura de las comunidades, los movimientos de sus hospedadores y los cambios en la temperatura o en la disponibilidad de presas (Lafferty et al., 2008). En un contexto donde cambios globales producto de la intervención humana alteran los rangos de distribución de las especies y favorecen la aparición de nuevas interacciones ecológicas, conocer y comprender esa biodiversidad se vuelve crucial. Así, los estudios parasitológicos en fauna silvestre antártica ofrecen una perspectiva única sobre la salud de los ecosistemas, ya que actúan como centinelas del ambiente, registrando las señales de perturbación que escapan a otros indicadores (Fusaro et al., 2024).
Investigaciones recientes en la Antártida
La parasitología antártica, aunque como se mencionó anteriormente data de principios de siglo pasado, tomó mayor relevancia en las últimas dos décadas, donde diferentes grupos de investigación de distintas partes del mundo comenzaron a estudiar a los vertebrados antárticos como hospedadores definitivos de distintas especies parásitas. Desde 2007, el Instituto Antártico Argentino, junto con el Centro de Estudios Parasitológicos y Vectores (CONICET-UNLP), lleva adelante el estudio de la biodiversidad parasitaria de aves antárticas.
Así, se ha podido determinar la existencia de dieciséis especies de helmintos que abarcan los cuatro grandes grupos de endoparásitos mencionados anteriormente. Estos se encontraban en diez especies de aves antárticas que comprenden tres órdenes distintos:
- orden Sphenisciformes: pingüino papúa, pingüino de Adelia, pingüino barbijo (FIGURA 1) y pingüino emperador;
- orden Procellariformes: petrel gigante, petrel de las nieves y dos especies de petrel de las tormentas;
- orden Caradriiformes: skua polar y skua pardo.
FIGURA 1. Pingüino barbijo con cestode saliendo de la cloaca

Fuente: fotografía propia tomada en Punta Barton, Isla 25 de Mayo, Shetland del Sur.
Dicho muestreo se llevó a cabo en nueve sitios de la península Antártica e islas aledañas (FIGURA 2). De las dieciséis especies de parásitos, solo el nematode Stegophorus macronectes (FIGURA 3) fue la única especie hallada en las dieciséis aves hospedadoras. De las 250 aves analizadas, el 74,4% estuvieron parasitadas por al menos una especie de helmintos. El grupo de helmintos mejor representado fueron los nematodes con una diversidad de ocho especies, seguido por los cestodes con cinco especies. Dentro de las especies parásitas más comunes en las aves antárticas, se encuentra, como se mencionó anteriormente, el S. macronectes y el cestode Parorchites zederi (FIGURA 4), ambos helmintos transmitidos por la ingesta de krill a sus hospedadores. Sin embargo, mientras que el S. macronectes se encontró en todas las aves estudiadas, el P. zederi solo fue hallado en pingüinos y en el petrel gigante, lo que estaría indicando que es una especie más selectiva a la hora de alcanzar la madurez o que algunos hospedadores son más resistentes a él.
FIGURA 2. Sitios de muestreo en la península Antártica, las islas Shetland del Sur y las islas Orcadas del Sur

Fuente: elaborado por el IGN con base en datos del autor.
FIGURA 3. Nematode Stegophorus macronectes al microscopio electrónico

Fuente: fotografía tomada en el Museo de La Plata.
FIGURA 4. Parorchites zederi en intestino de pingüino papúa

Fuente: fotografía propia tomada en Base Carlini.
Por otra parte, la influencia tan marcada de la presencia y/o ausencia de un parásito como consecuencia de la dieta va a ser lo que permita observar cambios a lo largo del tiempo. Estos primeros años de trabajo permitieron sentar las bases de cuáles son las especies parásitas existentes y estimar cómo es su movimiento en la red trófica. A partir de este conocimiento, será que en el futuro se podrá determinar con nuevos muestreos si las variaciones ambientales de las últimas dos décadas tuvieron un efecto en la diversidad parasitaria, así como en un aumento o disminución en la prevalencia (cantidad de hospedadores parasitados en el total muestreado), como en sus abundancias (cantidad de parásitos hallados), entre otras cuestiones.
Investigar en ambientes extremos
No es menor destacar que detrás de cada muestra parasitológica antártica hay un esfuerzo logístico y humano que rara vez se visibiliza. Las campañas antárticas conllevan una planificación durante meses para solo poder aprovechar unas pocas semanas de trabajo en el terreno. Los investigadores deben adaptarse a condiciones climáticas impredecibles, limitaciones de transporte y restricciones en la manipulación y conservación del material biológico. A ello se suma la complejidad de trabajar con fauna silvestre protegida, donde cada procedimiento requiere autorización y responsabilidad ética. La parasitología, que muchas veces depende de observaciones microscópicas o de la integridad de tejidos, enfrenta además los desafíos del traslado y procesamiento del material en condiciones óptimas. Sin embargo, quienes han tenido la oportunidad de trabajar allí coinciden en que cada esfuerzo vale la pena: la experiencia de tomar una muestra en el borde de un glaciar o bajo la mirada de una colonia de pingüinos trasciende cualquier incomodidad.
La ciencia antártica es, por definición, colaborativa. Ningún proyecto prospera sin la cooperación entre equipos, sin la interacción entre disciplinas y sin la coordinación de las instituciones que hacen posible cada campaña. Esa red humana sostiene la presencia argentina en el continente antártico, no solo como gesto simbólico de soberanía, sino como práctica concreta de construcción de conocimiento. Mantener el desarrollo de la ciencia antártica exige políticas de Estado sostenidas, inversión en infraestructura y formación de nuevas generaciones de científicos y científicas capaces de continuar esta disciplina. La parasitología antártica requiere una mirada a largo plazo. En ese sentido, cada temporada de muestreo interrumpida o cada línea de investigación que se discontinúa implica una brecha en el avance del conocimiento.
Frente a los nuevos desafíos que se presentan a partir del cambio climático global, la ciencia argentina tiene la oportunidad de aportar una perspectiva integradora, basada en décadas de experiencia en el conocimiento de las relaciones hospedador–parásito–ambiente. En tiempos donde los modelos de desarrollo se debaten entre la urgencia económica y la sostenibilidad, hacer investigación antártica es afirmar que la soberanía también se ejerce con el desarrollo de una ciencia responsable y comprometida. Frente a los nuevos desafíos que se presentan a partir del cambio climático global, la ciencia argentina tiene la oportunidad de aportar una perspectiva integradora, basada en décadas de experiencia en el conocimiento de las relaciones hospedador–parásito–ambiente. En tiempos donde los modelos de desarrollo se debaten entre la urgencia económica y la sostenibilidad, hacer investigación antártica es afirmar que la soberanía también se ejerce con el desarrollo de una ciencia responsable y comprometida.
La ciencia antártica debe seguir siendo un puente entre instituciones, disciplinas y generaciones de argentinos. Tal vez por eso, al mirar una lámina donde se distingue un pequeño parásito extraído de un ave del sur, se comprende que incluso las formas de vida más diminutas participan de una historia mucho más grande: la del conocimiento como expresión de soberanía.
Bibliografía
- Fusaro, B., Capasso, S., Lorenti, E., Panisse, G., Fuentes, L., Fornillo, M. V., Libertelli, M., Ansaldo, M. y Diaz, J. I. (2024). Assessing helminth infection in some reproductive colonies of Southern Giant Petrel (Macronectes giganteus) from Antarctica. Polar Biology, 47(10), 1065-1076.
- Lafferty, K. D., Allesina, S., Arim, M., Briggs, C. J., De Leo, G., Dobson, A. P., Dunne, J. A., Johnson, P.T.J., Kuris, A. M., Marcogliese, D. J. y Thieltges, D. W. (2008). Parasites in food webs: the ultimate missing links. Ecology letters, 11(6), 533-546.
- MacKenzie, K. (2017). The history of Antarctic parasitological research. En S. Klimpel, T. Kuhn y H. Mehlhorn (Eds.), Biodiversity and evolution of parasitic life in the Southern Ocean (pp. 13–32). Springer.
Autor
Bruno Fusaro. Licenciado en Biología. Investigador, Instituto Antártico Argentino. fus@mrecic.gov.ar



