Historia de la Pampa Blanca
Historia de la Pampa Blanca

Por Pablo Fontana.
La Antártida, con sus condiciones extremas, fue el último continente en ser poblado por el ser humano, por lo que posee una historia de sólo un poco más de dos siglos. A pesar de su carácter reciente, se trata de una historia repleta de aventura, ciencia y cooperación internacional, que tampoco se vio libre de tensiones geopolíticas. Para comprenderla mejor, se ha tendido a dividirla en diversos periodos a partir de cambios y continuidades. Sin embargo, la periodización predominante a nivel internacional muestra un claro sesgo eurocéntrico, que invisibiliza el papel desempeñado por otros países, en ciertos casos decisivos, como fue el rol protagónico de la Argentina. Por esta razón, es necesario repensar la historia antártica desde una óptica inclusiva para no reincidir en el centralismo geográfico y temporal de la concepción historiográfica hegemónica, de corte anglocentrista. Con ese fin, aquí proponemos una mirada a la historia antártica argentina, que si bien tiene en cuenta la periodización tradicional, se centra en nuestra propia trayectoria nacional. A continuación, proponemos una posible periodización de la historia antártica argentina en siete periodos claramente diferenciados, coincidiendo algunos de ellos con la tradicional.
Pioneros
El primero de ellos, que podríamos denominar el de los “pioneros”, comienza a fines del siglo XVIII o principios del siglo XIX con la presencia humana en el continente, y finaliza en 1880. Entre 1819 y 1820 tuvieron lugar los descubrimientos oficiales de la Antártida confirmados por parte de los EE.UU., Rusia (en ese entonces Imperio Ruso) y el Reino Unido.
La primera presencia argentina oficial en aguas antárticas data de septiembre de 1815, durante la Guerra de Independencia, cuando el entonces coronel de marina Guillermo Brown, a bordo de la fragata Hércules, acompañada del bergantín Trinidad, fue arrastrado por un temporal al sur de la convergencia antártica y observó indicios de tierra cercana. Sin embargo, la evidencia arqueológica muestra que foqueros de diversas naciones, entre ellos rioplatenses, ya visitaban aquellas tierras, en particular en las islas Shetland del Sur, en sus viajes de caza antes que los exploradores, pero no informaban de su destino para no atraer competencia. Así, el 25 de agosto de 1818, el Consulado en Buenos Aires otorgaba permiso a Juan Pedro Aguirre para cazar lobos marinos “en algunas de las islas que en la altura del Polo del Sud de este continente se hallan deshabitadas” y entre 1817 y 1820 el barco de las Provincias Unidas de Sud América, San Juan Nepomuceno, cazó lobos de dos pelos y focas en las islas Shetland del Sur. También ha quedado documentado que en 1818 el foquero Espíritu Santo, matriculado en Buenos Aires, cazaba en la isla Decepción.
Luego de los descubrimientos oficiales, se disparó una fiebre foquera que casi extingue el recurso. Precisamente Argentina crea en 1829 la Comandancia Político Militar de las Islas Malvinas y Adyacentes al cabo de Hornos para controlar dicha actividad, pero la ocupación ilegal británica de las islas en 1833, sumada a las posteriores décadas de guerra civil en nuestro país, retrasó la proyección antártica argentina. Tres décadas después, con la llegada de los balleneros, llegó también a la Antártida un joven marino argentino, Luis Piedra Buena, que en su segunda estancia en ese continente permaneció un mes al sur del Círculo Polar Antártico.
Planificación
Finalizados los enfrentamientos internos, y organizado el Estado nacional, comienza en 1880 un periodo de planificación estatal respecto a su presencia antártica. En 1879 nace el Instituto Geográfico Argentino, de carácter privado, que fija a la Antártida como una prioridad de la exploración. En 1880, a partir de una propuesta del científico italiano Giacomo Bove, el Instituto desarrolla planes para una expedición antártica argentina, pero se decide darle prioridad al estudio de la Patagonia. Dos años después, Eugenio Bachman, profesor de la Universidad de Córdoba, propone al Instituto la realización de una expedición científica a la Antártida con el fin de instalar observatorios permanentes y el Estado argentino comienza los preparativos para una expedición oficial antártica con la corbeta ARA Uruguay, pero la misma es cancelada antes de partir. De esta forma, al menos en los planes, la Argentina se adelantó quince años a la “era heroica” de la Antártida, que comienza en 1895 y se caracterizó por expediciones científicas internacionales de exploración antártica, y que finaliza con la Primera Guerra Mundial. En aquella época también comienza a predominar la actividad privada de balleneros. De hecho, el Estado argentino también ofreció permisos a dos privados para explorar o explotar recursos en la Antártida pero tales emprendimientos no se concretaron.
Años decisivos
Los primeros cinco años del siglo XX constituyen el momento decisivo del Estado argentino en la Antártida, debido a una serie de acciones precursoras que serán llevadas a cabo con una aguda visión de futuro y se caracterizan por su heroísmo y espíritu emprendedor. Aquellos hechos protagonizados por la República Argentina en la Antártida comienzan con la instalación del Faro y el Observatorio Meteorológico y Geomagnético en el archipiélago de la Isla de los Estados en 1901 en cumplimiento con lo acordado por nuestro país en relación al esfuerzo internacional de exploración antártica. Ese mismo año, la Argentina brinda ayuda a la Expedición Antártica Sueca de 1901, en la que participa el alférez José María Sobral, que se transformó así en el primer argentino que invernó e hizo ciencia en la Antártida. A esta acción solidaria, que inaugura una rica historia de cooperación científica internacional en la Antártida, le sigue el rescate de dicha expedición por la corbeta ARA Uruguay, bajo el mando del teniente de navío Julián Irízar (FIGURA 1), que abrió así un fértil camino de rescates antárticos protagonizado por ciudadanos argentinos que se extiende hasta nuestros días.
FIGURA 1. José María Sobral y Julián Irízar en el Refugio Suecia, isla Cerro Nevado, en noviembre de 1903 al concretarse el épico rescate

Fuente: Archivo General de la Nación.
De importancia trascendental fue la toma de posesión del observatorio de las Orcadas del Sur por parte de la Argentina el 22 de febrero de 1904, actualmente Día de la Antártida Argentina. De esa forma, de la mano de la Oficina Meteorológica Argentina, comienza la presencia permanente, no solo de nuestro país, sino del ser humano en la Antártida, hasta hoy la presencia más antigua en forma ininterrumpida. Desde entonces la actividad científica de la Argentina en la Antártida ha sido continua. Al año siguiente la Argentina construyó allí un moderno observatorio con una nueva casa habitación, que sería su primera instalación antártica y que hoy constituye el museo de la base, conocido como Casa Moneta, primera instalación habitacional construida con carácter permanente en la Antártida (FIGURA 2). La fundación de la Compañía Argentina de Pesca ese mismo año implicó que durante medio siglo el sector privado argentino acompañó la presencia estatal, brindando su apoyo a las dotaciones científicas. La designación de autoridades nacionales para aquellos territorios y la compra de un buque polar para la Armada Argentina, la goleta ARA Austral, constituyeron el cierre de este singular período fundacional, pero su naufragio en 1907 causó una considerable postergación en los planes antárticos argentinos.
FIGURA 2. Casa habitación (hoy Museo Moneta) del Observatorio Orcadas en 1921

Fuente: colección Augusto Tapia, Archivo del Servicio Geológico Minero Argentino.
Continuidad
Finalizado el lustro fundacional para la Antártida Argentina de 1901 a 1906, el Estado nacional prosiguió con las actividades científicas y la presencia ininterrumpida en las islas Orcadas del Sur, demostrando una continuidad única en el continente antártico. Junto a aquel esfuerzo continuo y silencioso, la Argentina participó también, al menos de forma indirecta, en el momento cumbre de la "era heroica", como fue la conquista del Polo Sur en 1911 por el noruego Roald Amundsen, a través de la ayuda privada brindada a la expedición. Con la llegada de la "era mecánica" en 1920 la Argentina mejoró la comunicación con sus invernantes antárticos a través del uso de la radio y modernos barcos, los cuales permitieron también una serie de expediciones científicas en islas subantárticas argentinas.
El gran despliegue
En la antesala de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, la tensión comienza a aumentar en la Antártida y la Comisión Nacional del Antártico organiza dos expediciones a la región de la península Antártica y las islas Shetland del Sur por parte del ARA Primero de Mayo en 1942 y 1943, que fueron seguidas por una operación secreta del Imperio británico en contra de Argentina con el fin de apropiarse de dicho territorio. Lo que llegó a continuación, durante la posguerra y hasta mediados de la década de 1950, fue un gran salto de la presencia argentina en la Antártida. Si bien durante los primeros cuarenta años fue el único país que gozaba de presencia continua e ininterrumpida en el continente polar, en ese periodo esa presencia se multiplicó también en forma permanente en diversos puntos del territorio antártico reclamado (FIGURA 3). Paralelamente, en 1951 nació el Instituto Antártico Argentino, primero del mundo, y entró en servicio el rompehielos ARA General San Martín, lo que permitió a la Argentina descubrir y habitar una inmensa región inexplorada al sur del mar de Weddell. Es en este periodo cuando se formalizó el reclamo antártico nacional y cuando la sociedad se concientizó sobre la soberanía antártica argentina.
FIGURA 3. Primer avión del Instituto Antártico Argentino, matrícula IAA-101

Con ese avión se realizaron los descubrimientos geográficos más importantes de Argentina en la Antártida. De izquierda a derecha: el piloto Sgto. Julio Germán Muñoz, el entonces Director del IAA Gral. Hernán Pujato y los mecánicos aeronáuticos Alfonso Obermeier y Domingo Molinari. Año 1955/6, Base Belgrano I.
Fuente: Archivo Histórico de Fotografía del IAA.
Ciencia y paz
Con el Año Geofísico Internacional (1957-1958) y el Tratado Antártico (1959), comenzó un nuevo período en la historia antártica en el que las naciones involucradas decidieron asegurar el continente para el desarrollo de la ciencia y la paz. En esta nueva era, Argentina se perfiló como una de las naciones líderes en la Antártida debido a su producción científica y al aporte que realizó al Sistema del Tratado Antártico desde su creación, como miembro signatario original, reclamante y parte consultiva. Paralelamente, en la primera mitad de la década de 1960, las tres Fuerzas Armadas de la Argentina se lanzaron a la conquista del Polo Sur con diversos medios (FIGURA 4). A su vez, en 1968 fue derribada una barrera de género con la llegada de las primeras científicas argentinas que realizaron trabajo de campo en la Antártida. Una importante expansión logística se logró gracias a la instalación de nuevas estaciones, entre ellas la Base Marambio en 1969 que, con su pista de aterrizaje sobre permafrost, permite un continuo puente aéreo intercontinental. Junto a este salto aéreo, la incorporación del Rompehielos ARA Almirante Irízar en 1978 significó otro paso de gran relevancia en la logística marítima. A lo largo de estas décadas, tres bases pasaron íntegramente a manos científicas y a través de la fundación de la Dirección Nacional del Antártico en 1970 se reorganizó y centralizó la actividad antártica. En este período, la ciencia, la logística y la política antártica nacional adquirieron a grandes rasgos su configuración actual. Paralelamente, el Sistema del Tratado Antártico se fue fortaleciendo con la firma de la Convención para la Conservación de las Focas Antárticas en 1972 y la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA) en 1980. En 1978, Argentina, con el Fortín Sargento Cabral en Base Esperanza, comenzó la presencia permanente de familias en la Antártida y tiene lugar allí el primer nacimiento de un ser humano en la Antártida, al que le siguieron siete nacimientos más.
FIGURA 4. Un miembro de la Primera Expedición Terrestre del Ejército Argentino al Polo Sur iza el Pabellón Nacional

Actualmente ese lugar es declarado Sitio y Monumento Histórico número 1 del Sistema del Tratado Antártico.
Fuente: Archivo Histórico de Fotografía del IAA.
Nuestros días
En 1991, con el “Protocolo de Madrid” (Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente) comenzó en la historia antártica un nuevo y último periodo en el que la protección del medioambiente se constituyó en una prioridad fundamental de las naciones antárticas. La Argentina, conforme a la adhesión a los acuerdos de protección de fauna marina que había firmado en las décadas anteriores, adhirió al nuevo protocolo y brega por su cumplimiento, expresando así su compromiso medioambiental en la Antártida. En el mismo orden, fiel al espíritu de cooperación internacional del Sistema del Tratado Antártico, el país aumentó y profundizó en las últimas décadas los proyectos de cooperación internacional en ciencia antártica, instalando incluso laboratorios binacionales, como por ejemplo el laboratorio Dallmann junto al Instituto Alfred Wegener de Alemania. Conforme a su importancia, la Dirección Nacional del Antártico y el Instituto Antártico Argentino pasaron a depender del Ministerio de Relaciones Exteriores a partir de 2003 y, al año siguiente, la sede de la Secretaría del Tratado Antártico fue instalada en Buenos Aires.
En la actualidad, algunos de los estudios científicos que se realizan en la Antártida la utilizan como banco de pruebas para comprender la geología y los ambientes de otros planetas, así como para estudiar la adaptación del ser humano a vivir en un ambiente tan riguroso y aislado por largos períodos de tiempo. Argentina ocupa también un rol destacado en estas investigaciones. La Antártida constituye el último paso de nuestra especie en colonizar el planeta Tierra, desempeñando nuestro país un rol fundamental como hemos observado. Y posiblemente ese último paso sirva de impulso para dar el gran salto del ser humano para comenzar a habitar otros cuerpos celestes, en el que Argentina también tiene mucho que aportar.
Autor
Pablo Fontana. Licenciado, Profesor y Doctor en Historia. Coordinador de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Investigador, Instituto Antártico Argentino y Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. fontana.pablo@gmail.com



